Hay un pensamiento que vuelve a mí últimamente, casi como un eco suave: cómo cambian nuestros deseos con el tiempo. No desaparecen, no pierden valor, pero se transforman. Y en esa transformación siento que tú y yo podemos encontrarnos, como si cada uno llevara dentro una brújula que un día dejó de señalar “cosas” y empezó a señalar “sentimientos”.
Yo, por ejemplo, claro que quiero una casa. Lo digo en presente, sin rodeos. De hecho, ahora mismo estoy reformando mi piso, imaginando cómo será ese lugar donde entrar y sentir alivio, calidez, pertenencia. Y mientras elijo colores, materiales o dónde irá la luz, me doy cuenta de que no estoy construyendo solo un espacio físico. Estoy levantando un refugio. Un sitio donde apoyarme en los días duros y donde celebrar los días buenos. Antes, una casa era un objetivo. Hoy, es una sensación.
Y también quiero viajar. Me ilusiona la idea de descubrir ciudades nuevas, perderme por calles desconocidas, tomar un café en algún lugar donde nadie sepa quién soy. Pero ya no busco viajar por tachar destinos de una lista. Ahora lo miro desde otro ángulo: quiero viajar porque me hace sentir libre. Porque me recuerda que sigo en movimiento, que sigo abierto a lo inesperado, que todavía hay cosas que pueden sorprenderme.
La diferencia es sutil, pero enorme. Cuando era más joven, mis deseos eran tangibles, casi medibles. Un lugar, un plan, un objeto. Ahora, detrás de cada deseo hay una emoción que pesa más que el resultado final. Y creo que ahí es donde tú y yo podemos encontrarnos: en esa etapa de la vida en la que dejamos de perseguir cosas y empezamos a buscarnos de verdad por dentro.
No sé en qué momento exacto comenzó este cambio. Quizá fue aquel ictus que me detuvo en seco y me obligó a mirar la vida de otra manera. Puede que no fuera ese instante en sí, sino todo lo que vino después: la rehabilitación, los días de avanzar apenas un milímetro y celebrarlo como si fuera un triunfo enorme, la paciencia que tuve que aprender a tener conmigo. Cuando pasas por algo así, lo material no desaparece, pero cambia de función. Deja de ser un trofeo y se convierte en un abrazo.
A veces me descubro pensando en cómo antes buscaba lo material como si fuera una especie de garantía. Como si tener ciertas cosas equivaliera directamente a sentirme completo, seguro, en orden. Pero en ese proceso de reconstrucción interna —ese que nadie ve desde fuera— entendí que las emociones no se compran. Se cultivan. Y eso las vuelve infinitamente más valiosas.
Hoy miro mi piso en obras y no veo solo una reforma. Veo un gesto de amor propio. Veo un espacio donde quiero crecer, descansar, seguir descubriéndome. Un sitio que acompañe la persona en la que me estoy convirtiendo después de todo lo vivido. Y eso, antes, no sabía ponerlo en palabras.
Me pasa lo mismo con los viajes. Ya no quiero viajar simplemente para “ver mundo”. Quiero viajar para verme a mí en ese mundo. Para descubrir cómo me cambia cada lugar, cómo me despierta, cómo me recoloca por dentro. Quiero viajar porque me conecta con partes de mí que, en la rutina, a veces se quedan dormidas.
Y mientras todo esto encuentra su lugar dentro de mí, me doy cuenta de que no he dejado de querer cosas. Simplemente, ahora las quiero desde otro sitio. Desde un lugar más honesto, más tranquilo, más alineado con lo que soy hoy.
En esta transformación silenciosa siento que tú y yo coincidimos en algo profundo: llega un momento en el que empezamos a preguntarnos no “qué quiero conseguir”, sino “cómo quiero sentirme cuando lo viva”. Y entonces los deseos cambian de color. Una casa se convierte en hogar. Un viaje se convierte en libertad. Un proyecto se convierte en una forma de cuidarnos. Las metas dejan de ser casillas a marcar y se vuelven reflejos de nuestro interior.
Tal vez, al final, lo importante no sea la casa ni el viaje ni ningún objeto externo, sino la forma en que todo eso despierta algo dentro de nosotros. Una emoción, una certeza suave, una sensación de verdad. Cuando eso aparece, lo material se coloca solo.
Y quizá ahí está el verdadero cambio: no en lo que queremos, sino en cómo lo miramos ahora. Porque cuando entendemos qué emoción buscamos, empezamos a elegir desde un lugar mucho más auténtico. Y entonces, casi sin darnos cuenta, nuestra vida empieza a adquirir otro significado.