Esta semana ha sido el Día del Padre y no sé muy bien qué decir.
Hay muchas formas de hablar de esto, pero ninguna se parece del todo a lo que siento.
Así que, en lugar de intentar explicarlo, me viene un momento.
Un instante sencillo, casi invisible. Vosotras riendo. Riendo de verdad, sin pensar, sin esfuerzo. De esas risas que no buscan nada, que no intentan ser nada, que simplemente aparecen.
Y mientras os miro, algo dentro de mí se queda en silencio.
Porque no es solo ese momento. Es todo lo que hay detrás. Y también, de alguna forma, todo lo que está siendo estos días. Despertarme y saber que estáis, cruzarme con vosotras en cualquier momento, escucharos sin buscarlo, notar vuestra presencia en lo pequeño. Como si la vida, sin avisar, hubiera decidido ir un poco más despacio.
Y en medio de ese ritmo distinto aparece ese instante. Vuestra risa. Y algo dentro de mí se abre.
Porque recuerdo otro momento muy distinto. Una habitación, silencio y una pared con fotos. Vuestras fotos. Recuerdo mirarlas y repetirme vuestros nombres una y otra vez, como si al decirlos pudiera agarrarme a algo, como si al repetirlos no se me fueran a escapar.
A veces los sabía. A veces no. Y cuando no, volvía a empezar. Sin enfadarme, sin entender muy bien qué pasaba, pero con la sensación de que no podía soltarlos.
Vuestros nombres. Vuestras caras. Intentando que no se borraran.
No había mucho más en ese momento. Ni claridad, ni sensación de estar bien, ni siquiera la de ser quien había sido. Todo era extraño, confuso, como si estuviera a medio camino de todo.
Pero ahí estabais vosotras. Como un hilo. Como algo a lo que volver aunque no supiera muy bien desde dónde.
Y sin darme cuenta, en medio de todo eso, aparecía algo. No era una idea clara ni una frase bonita. Era más bien una sensación. Una intención muy simple: seguir, recuperarme, estar… para vosotras.
Sin grandes palabras. Sin promesas. Solo eso.
Y el tiempo fue pasando. Días difíciles, semanas largas, meses en los que muchas cosas no estaban en su sitio. Momentos en los que avanzar parecía muy lento y otros en los que ni siquiera sabía si realmente estaba avanzando.
Y, aun así, algo seguía ahí. Vuestras caras, vuestros nombres, ese hilo invisible que no se rompía.
Hasta que un día, sin darme cuenta, me encuentro frente a una atracción, con vosotras, escuchando vuestras risas.
Y entonces lo siento. De una forma muy distinta.
Ya no desde el esfuerzo.
Ya no desde el miedo a olvidar.
Sino desde la presencia.
Y entiendo algo.
Que no es la atracción, ni la música, ni el sitio. Sois vosotras. Esa forma de vivir el momento como si fuera lo único que existe, sin pensar en después, sin cargar con nada más.
Y al miraros, siento algo difícil de explicar. Porque sé, muy dentro, que hubo un tiempo en el que ni siquiera sabía si podría estar aquí así. Ni siquiera sabía si podría sentir algo así.
Y ahora estoy.
Mirando, escuchando, sintiendo.
Y en esa risa, tan simple, cabe todo. Lo que fue, lo que costó, lo que sigue siendo. Todo junto, sin necesidad de ordenarlo.
No hace falta decir nada más. Solo estar. Y no apartar la mirada.
Porque sé lo fácil que es perderse esto. Lo fácil que es que la cabeza se vaya a otro sitio, que el momento pase sin darnos cuenta. Y también sé lo que es agarrarse a un nombre para no perderlo todo.
Por eso, ahora, cuando os miro reír, me paro. De verdad. Sin prisa. Como si por un momento no hubiera nada más importante que eso.
Y lo guardo.
No como quien intenta retener algo, sino como quien reconoce que ahí hay verdad.
Como si ese instante, pequeño y sencillo, lo sostuviera todo.
Y si algún día alguien me pregunta qué significa ser padre, no hablaré de grandes cosas. No hablaré de lo que se supone que es, ni de lo que debería ser.
Hablaré de esto.
De aprender a recordar.
De no querer olvidar.
De volver, poco a poco, a uno mismo.
Y de un día cualquiera, escuchando una risa y entendiendo que, a veces, sin hacer ruido, sin buscarlo…
con eso basta ❤️