Durante un tiempo he intentado practicar aquello que escribí.
Decirme que lo que tenga que pasar, pasará.
Recordarme que no todo está bajo control.
Repetirme que soltar es necesario.
Y no, no funcionó.
No porque no creyera en esas palabras, sino porque las estaba usando como una consigna mental. Como una frase tranquilizadora que se repite desde la cabeza, esperando que el cuerpo y la emoción obedezcan.
Estos días, hablándolo con mi psicólogo, apareció una idea distinta. Incómoda al principio, pero honesta. No se trata solo de aceptar que lo que ocurra ocurrirá. Se trata de algo más difícil: abandonarse a la vida.
Y no en el sentido de dejadez.
No de bajar los brazos.
No de mirar hacia otro lado.
Abandonarse a la vida no es desaparecer, es dejar de resistirse.
Durante mucho tiempo he vivido con una vigilancia constante. Observando cada sensación, cada cambio, cada señal. Como si estar siempre alerta fuera una forma de cuidarme. Como si anticiparme me protegiera.
Pero esa alerta constante no me estaba cuidando. Me estaba agotando.
Abandonarse a la vida es otra cosa. Es aceptar que no todo lo que siento necesita una respuesta inmediata. Que no todo lo que aparece es un problema a resolver. Que hay procesos que no se aceleran por pensar más en ellos.
En lo concreto, a veces es algo tan poco épico como no mirarme el cuerpo diez veces al día buscando señales.
Es salir a caminar sin analizar cada sensación.
Es acostarme cansado sin hacer un balance mental de todo lo que “no debería estar pasando”.
Es permitir que un día sea simplemente un día, sin convertirlo en un examen.
Es permitir que el cuerpo tenga días buenos y días torpes sin convertir cada uno en una señal de alarma.
Es dejar que la mente piense sin seguir cada pensamiento como si fuera una verdad urgente.
Es confiar, aunque no haya garantías.
Y ahí está lo difícil.
Porque el control da una falsa sensación de seguridad. Aunque agote, parece que protege. En cambio, abandonarse a la vida implica asumir que no lo sabemos todo, que no lo podemos prever todo, que no tenemos el timón tan firme como nos gustaría creer.
Pero quizá nunca lo tuvimos.
Abandonarse no es dejar de actuar. Es dejar de forzar constantemente.
No es pasividad. Es presencia.
No es resignación. Es apertura.
Es levantarse un día con menos energía y no discutirlo mentalmente durante horas.
Es sentir miedo sin exigir que desaparezca.
Es seguir adelante sin la necesidad de tener todas las respuestas claras.
He empezado a entender que la calma no llega cuando todo encaja, sino cuando dejo de pelear con lo que no encaja. Cuando permito que la vida se exprese con sus ritmos, incluso cuando no me gustan.
La ansiedad, muchas veces, no se calma con explicaciones. Se calma cuando dejamos de vivir a la defensiva. Cuando bajamos la guardia lo suficiente como para respirar sin estar comprobando si es seguro hacerlo.
Abandonarse a la vida es confiar sin ingenuidad.
Es comprometerse sin control absoluto.
Es vivir sin anestesia, pero también sin armadura.
No es fácil. No es inmediato. Y desde luego, no es lineal.
Pero hoy empiezo a intuir algo: quizá la paz no llegue cuando todo esté bajo control, sino cuando me permita estar dentro de la vida tal y como es, sin intentar dirigir cada movimiento.
No desde la cabeza.
Desde la experiencia.
Y tal vez ahí, en ese abandono consciente y activo, empiece una forma más honesta de estar en el mundo.