Hay momentos en los que siento que no estoy pensando… estoy atrapado en mis propios pensamientos.
Todo empieza de forma casi imperceptible. Algo pequeño. Una conversación, una duda, una sensación que se queda dentro. Y sin darme cuenta, ya estoy ahí.
Dándole vueltas.
A lo que dije.
A lo que no dije.
A lo que podría pasar.
A cómo habría sido si hubiera sido distinto.
Y hay algo muy claro en todo eso: no puedo parar.
Durante mucho tiempo viví esto con frustración. Como si hubiera algo en mí que no funcionaba bien. Como si debería ser capaz de detenerlo, de controlar mi cabeza… pero no supiera cómo hacerlo.
Después del ictus, esto se hizo mucho más intenso.
Había muchas preguntas. Mucha incertidumbre. Y una necesidad muy profunda de entender qué había pasado y qué iba a ser de mí.
Y ahí hice lo que siempre había hecho: pensar.
Pensar para entender.
Pensar para encontrar respuestas.
Pensar para recuperar algo de control.
Pero esta vez no funcionaba.
Cuanto más pensaba, más me enredaba.
Aparecían más dudas. Más escenarios. Más ruido.
Era como intentar aclarar el agua removiéndola sin parar. Cuanto más lo intentaba, menos veía.
Y lo más agotador no era solo pensar… era sentir que no podía salir de ahí.
Con el tiempo empecé a comprender algo que me cambió por dentro.
No era que estuviera fallando.
No era que no tuviera fuerza de voluntad.
Era que había una parte de mí intentando ayudarme… pero demasiado activada.
Mi cuerpo no distingue bien entre lo que está pasando de verdad y lo que estoy pensando. Así que cada vuelta que le doy a algo no se queda solo en la cabeza.
También se siente.
En tensión.
En alerta.
En una inquietud constante.
Y desde ahí, mi mente insiste más. Como si necesitara resolverlo para poder calmarse.
Pero no se calma.
Y así el bucle se mantiene.
Pensar para resolver…
Sentirme peor…
Necesitar pensar más…
Durante un tiempo intenté salir de ahí pensando mejor. Buscando el pensamiento correcto, el que me diera paz.
Pero no funcionaba.
Hasta que empecé a hacer algo mucho más sencillo.
Darme cuenta.
A veces en mitad del bucle. A veces más tarde. Pero empezaba a reconocer ese momento en el que me decía:
“Ya estoy otra vez aquí.”
Sin enfadarme.
Sin juzgarme.
Sin intentar forzar que se fuera.
Solo viéndolo.
Y ese gesto, tan pequeño, empezó a cambiar algo.
Porque en ese momento dejaba de estar completamente atrapado.
Ya no era solo el pensamiento.
También era quien lo estaba viendo.
Y desde ahí, poco a poco, algo se aflojaba.
No siempre. No perfecto. Pero sí lo suficiente como para respirar un poco más.
Hoy todavía hay días en los que mi mente no para.
Pero ya no lo vivo igual.
Porque entiendo que no es falta de control.
No es debilidad.
Es solo una parte de mí que, intentando protegerme, se ha quedado dando vueltas.
Y cuando consigo mirarme ahí con un poco más de comprensión…
Algo dentro se calma.
No porque todo esté resuelto.
Sino porque, al menos por un momento, dejo de pelearme conmigo.