Cuando todo pesa al mismo tiempo

Hay días en los que me despierto con ganas de hacerlo todo. Y, sin embargo, no hago nada.

No es falta de voluntad. Es como si la cabeza se llenara de ideas, tareas, urgencias… todas hablando a la vez. Quiero escribir, contestar mensajes, ordenar el cuarto, avanzar con ese proyecto que dejé a medias, leer, crear, cambiar de vida. Quiero tantas cosas al mismo tiempo que no sé por dónde empezar.

Y entonces me paralizo.

Nos pasa más de lo que quisiéramos admitir: queremos avanzar, movernos, crear. Pero algo dentro se queda quieto, como si el cuerpo estuviera dispuesto pero la mente no supiera por dónde empezar. Y entonces se acumulan las ideas como un cielo cargado de nubes pesadas, todas queriendo llover al mismo tiempo.

Me quedo inmóvil. Mirando el reloj. Mirando el caos. Mirándome a mí mismo con impaciencia.

A mí me ocurre a menudo. Me despierto con una lista infinita de cosas por hacer, y en lugar de energía siento una presión que me oprime el pecho. ¿Por dónde empiezo? ¿Qué es lo más urgente? ¿Y si no llego? ¿Y si lo hago mal? ¿Y si decepciono? Esa palabra —decepcionar— duele más de lo que debería. Porque no se trata solo de los demás. A veces, el temor más profundo es decepcionarnos a nosotros mismos.

Y entonces me juzgo. Me digo que debería estar haciendo más. Que no tengo excusas. Que ya he descansado bastante. Que otros pueden con todo y yo también debería poder. Que la vida sigue y yo me estoy quedando atrás.

Pero en el fondo, lo que hay es cansancio. No solo físico. Un cansancio más hondo, más silencioso. Un cansancio de sostener expectativas imposibles. De intentar demostrar todo el tiempo que valgo, que soy capaz, que estoy avanzando. Un cansancio de tener que estar a la altura incluso cuando el alma pide tregua.

No sé en qué momento confundimos valor con eficiencia. En qué momento empezamos a creer que solo somos suficientes si cumplimos con todo, si hacemos mil cosas a la vez, si nunca paramos. Como si estar siempre ocupados fuera una prueba de éxito.

Hoy, después de muchas luchas internas, decidí cambiar algo. No dejar de hacer, sino hacer de otra forma. No se trata de elegir una sola cosa y olvidarse del resto. Se trata de estar presente. De hacer lo que estemos haciendo con la mente y el corazón ahí, sin estar pensando ya en lo siguiente.

A veces el verdadero caos no está en la cantidad de tareas, sino en la forma en que saltamos de una a otra sin llegar del todo a ninguna.

Hoy me propuse eso. Hacer lo que tenga que hacer, pero hacerlo de verdad. No por obligación ni para cumplir, sino con presencia. Y eso, aunque parezca pequeño, lo cambia todo.

Porque quizás no es cuestión de hacer más o menos. Sino de hacer con sentido. Con atención. Con respeto por nuestro ritmo.

Quizás avanzar no es correr para cumplir, sino caminar con conciencia. Saber que podemos con muchas cosas, sí, pero no todas al mismo tiempo. Y que no hace falta demostrarnos nada. Que estamos bien como estamos.

A veces no hace falta hacerlo todo. Basta con estar del todo en lo que hacemos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio