Hay una pregunta que durante mucho tiempo se me repetía casi cada noche: “¿Dónde se ha ido el día?”
No era una pregunta tranquila. Venía con una pequeña incomodidad detrás, como si algo no terminara de cuadrar. Había hecho cosas, sí. Había estado ocupado. Había respondido, resuelto, ido de un lado a otro. Y, aun así, al final del día me quedaba la sensación de que lo importante se había quedado fuera. Como si el tiempo se hubiera llenado de cosas, pero no necesariamente de sentido.
Entonces aparecía la explicación fácil.
Que el día tiene pocas horas.
Que no me da la vida.
Que hay demasiadas cosas.
Que no llego porque el tiempo no alcanza.
Durante bastante tiempo esa historia me encajó perfectamente. Era lógica. Era incluso cómoda. También estaba respaldada por una sensación bastante compartida: casi todo el mundo parece vivir con prisa, como si el día siempre se quedara corto. Así que culpar al tiempo parecía razonable.
Hasta que un día, sin nada especialmente distinto, algo se movió por dentro.
No fue una gran revelación. No hubo una escena dramática ni una frase que lo cambiara todo. Fue más bien una pausa. Una de esas pausas raras en las que uno deja de correr lo suficiente como para verse con un poco más de verdad.
Y lo que vi no fue del todo agradable.
Me vi diciendo que sí cuando en realidad no tenía mucho espacio para más.
Me vi empezando cosas con ilusión y soltándolas en cuanto dejaban de ser fáciles.
Me vi llenando el día de movimiento, pero no siempre de presencia.
Y eso fue lo que más me removió.
Porque no era solo todo lo que hacía.
Era cómo estaba mientras lo hacía.
Había prisa.
Había ruido.
Había una sensación constante de ir por detrás, como si el tiempo siempre fuera un paso por delante de mí.
Y en medio de todo eso empecé a notar algo más. Cada vez que algo se ponía difícil, aparecía una especie de impulso automático: escapar. No de forma dramática. Más bien en cosas pequeñas, casi invisibles.
Mirar el móvil.
Cambiar de tarea.
Responder algo rápido para sentir que avanzaba.
Irme a lo fácil.
Dejar para luego lo que de verdad exigía presencia.
Y así, sin hacer mucho ruido, el día se llenaba de cosas… pero no siempre de lo que de verdad importaba.
Ahí fue donde algo empezó a encajar.
No era el tiempo.
O al menos, no solo el tiempo.
Era la forma en la que yo me movía dentro de él.
Evitaba lo incómodo casi sin darme cuenta.
Posponía lo importante con esa promesa suave de “luego me pongo”.
Me llenaba de tareas y, aun así, no siempre estaba presente en ninguna.
Y, sobre todo, me contaba que el problema estaba fuera… para no mirar del todo lo que pasaba dentro.
Después del ictus, esta sensación se volvió todavía más delicada.
Porque el tiempo cambió de forma, aunque tardara en reconocerlo. No solo porque algunas cosas me llevaban más energía o más concentración, sino porque durante bastante tiempo seguí queriendo vivir con la misma exigencia de antes. Seguía esperando de mí el mismo ritmo, la misma continuidad, la misma capacidad de llegar a todo sin que se notara demasiado el desgaste.
Y claro, ahí culpar al tiempo era una forma de no mirar algo más hondo.
Era más fácil decir que el día no daba que aceptar que yo ya no podía sostenerlo todo de la misma manera. Era más sencillo enfadarme con el reloj que reconocer el cansancio, la saturación o el peso de seguir midiéndome con una versión de mí que ya no estaba del todo aquí.
Eso costó verlo.
Y no trajo paz inmediata. Primero trajo cierta tristeza.
La de darme cuenta de cuántas veces me había tratado con dureza sin hacer mucho ruido. Cuántas veces había pensado que un mal día era simplemente un día improductivo. Cuántas veces había confundido valor con rendimiento. Cuántas veces me había exigido estar al mismo nivel de siempre sin preguntarme con honestidad desde dónde estaba viviendo ese día.
Pero también trajo algo valioso.
Una forma distinta de mirar.
Empecé a notar antes cuándo no era el tiempo lo que me faltaba, sino presencia. Cuándo no estaba realmente desbordado por lo que tenía que hacer, sino por la forma en la que me estaba empujando por dentro. Cuándo decía que no llegaba, pero en realidad lo que me costaba era aceptar que ya no podía vivir cada día desde la misma velocidad ni desde la misma exigencia.
Y ahí algo cambió.
No en las horas.
No en la cantidad de cosas.
No en la dificultad de la vida.
Cambió la forma de estar dentro del día.
El tiempo dejó de parecerme tanto un enemigo. O, al menos, dejó de ser el único culpable de todo. Empecé a ver que muchas veces el verdadero problema no era el reloj, sino cómo me trataba a mí mismo mientras el reloj avanzaba.
No siempre lo consigo. Hay días en los que vuelvo a caer en la misma trampa y siento otra vez que el día se me escapa. Pero también hay otros en los que algo dentro se recoloca.
Y entiendo que quizá nunca se trató de tener más tiempo.
Quizá se trataba de algo bastante más difícil y bastante más verdadero: aprender a escucharme mejor mientras el tiempo pasa.
Y desde ahí, aunque no todo sea más fácil, al menos empieza a ser más mío.