La incomodidad también tiene corazón

Hay un tipo de comodidad que no siempre se nota.
No es la del sofá ni la de los domingos sin planes.
Es otra más profunda. Más callada.

Es la comodidad de no arriesgar.
De no mostrarnos vulnerables.
De no intentar lo que podría salir mal.

Después de una sacudida, de esas que parten la vida en dos, lo único que queremos es recuperar algo de equilibrio.
Agarrarnos a lo que conocemos.
Repetir rutinas que no exijan pensar demasiado.
Evitar lo incierto. Lo que no controlamos.
Y que nadie nos mire raro, que nada nos descoloque.
Bajar el volumen de todo lo que se siente demasiado.

A mí me pasó así.
Después del accidente, cada pequeño gesto se convirtió en una especie de ancla.
El desayuno de siempre. El mismo paseo. Las mismas conversaciones.
Todo lo imprevisible me parecía una amenaza.
Lo nuevo, lo distinto, lo que no tenía garantizado, era simplemente demasiado.

Y no lo digo desde el juicio.
Protegernos también es una forma de cuidarnos.
Sobrevivir, al principio, es suficiente.
Pero el problema es que, si no lo miramos a tiempo, ese cuidado se convierte en encierro.
Una especie de celda amable, de la que casi ni te das cuenta.

Una cárcel suave. De terciopelo.
Que no duele, pero adormece.
Que no lastima, pero nos apaga de a poco.
Y lo más peligroso es que puede parecer que ahí está todo en orden.

Ahí dentro, todo parece estar bien.
No hay riesgos, no hay exposición, no hay pasos en falso.
Pero tampoco hay brillo. Ni preguntas nuevas.
Ni ese vértigo dulce que sentimos cuando algo dentro se mueve.

La incomodidad, en cambio, es incómoda.
Y punto.
No tiene buena prensa.
Nadie la quiere cerca cuando todo lo que anhelamos es paz.
Pero a veces confundimos paz con parálisis.
Y cuando eso pasa, algo muy hondo empieza a apagarse.

Hay algo que he ido notando con el tiempo.
Que justo en esos momentos incómodos,los que nos sacan los colores, los que nos hacen dudar, los que nos dejan sin palabras también vive la vida.
No la que controlamos. No la que podemos planificar.
La otra. La que sorprende, la que transforma, la que nos sacude el alma.

Nos pasamos años entrenando para evitarla:
para no quedar mal,
para no ser juzgados,
para no fallar.

Y sin embargo, cuando por alguna razón nos rendimos y entramos ahí, Cuando nos atrevemos a decir “no sé” o “me da miedo” o “quiero intentarlo igual”,
algo se abre.

Al principio es apenas un hilo.
Una sensación rara.
Como si el cuerpo temblara, pero por dentro se hiciera espacio.
Como si estuviéramos oxigenando zonas dormidas de nosotros mismos.

No siempre salen bien las cosas cuando cruzamos ese umbral.
A veces nos exponemos y nos rechazan.
A veces tropezamos.
A veces hacemos el ridículo.
Y nos duele. Claro que duele.

Pero incluso en esos casos, hay algo que se despierta.
Una especie de dignidad silenciosa.
Un orgullo suave por haberlo intentado.
Por no habernos escondido.
Por haberle dado al mundo, aunque sea por un momento, nuestra versión más honesta.

La incomodidad tiene mala fama.
Pero también tiene corazón.
Nos recuerda que estamos vivos.
Que todavía hay cosas que nos remueven.
Que no todo está dicho.

No se trata de vivir en guerra con lo seguro.
Ni de forzarnos a estar en tensión todo el tiempo.
La calma también es valiosa.
Y la rutina puede ser abrigo.

Pero quizás,solo quizás, la incomodidad no sea el enemigo.
Sino la frontera.
El borde entre lo que fuimos y lo que podríamos ser.

A veces basta con un gesto:
Probar algo nuevo.
Hacer una pregunta que nos dé pudor.
Pedir ayuda.
Reconocer que estamos cansados.
Cambiar de opinión.
Decir lo que nunca habíamos dicho.
Mostrar una parte que siempre habíamos escondido.

Nada épico.
Nada grandioso.
Solo ese paso mínimo que nos hace sentir torpes, pero presentes.

Y si duele, que duela un poco.
Pero que también nos despierte.
Que nos devuelva al cuerpo.
Que nos recuerde que seguimos aquí.

Porque incluso cuando tropezamos, incluso cuando nos sale mal,
queda algo adentro que nos sostiene.
Esa sensación de habernos elegido, aunque tembláramos.
Aunque dudáramos.
Aunque no supiéramos cómo seguir.

Esa semilla, pequeña,
que dice: todavía podemos volver a empezar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio