Hay momentos en los que la mente se convierte en un campo de batalla.
No porque esté ocurriendo algo grave fuera, sino porque por dentro se activa una necesidad urgente de entender, explicar y anticipar absolutamente todo.
Estos días lo estoy viviendo.
Cuando el cuerpo no responde como espero, la cabeza se adelanta. Empieza a construir escenarios. Algunos son oscuros: “estoy así porque tengo algo malo”, “esto no es normal”, “algo no va bien”. Y casi sin darme cuenta aparece el miedo.
Entonces surge la otra cara de la moneda: la necesidad de encontrar explicaciones. De justificar cada sensación, cada cansancio, cada cambio. Como si ponerle un nombre a todo fuera la manera de tranquilizarme. Como si entenderlo todo me garantizara que nada malo va a pasar.
Y ahí está la trampa.
Porque pensar lo peor genera ansiedad, pero querer tenerlo todo controlado también. Son dos extremos que se alimentan entre sí. Uno asusta, el otro intenta calmar… y ambos acaban tensando más la cuerda.
Pretender que la vida encaje perfectamente en nuestras explicaciones es una fantasía. La vida no funciona así. No es un problema matemático con una sola solución correcta. Es una sucesión de hechos, de procesos, de cambios que no siempre se pueden prever ni ordenar.
Y cuando intentamos hacerlo, cuando queremos adelantarnos a todo lo que podría pasar, la mente se sobrecarga.
Estos días mi cuerpo arrastra las consecuencias de un periodo de reposo absoluto. La fuerza ha disminuido, la resistencia no es la misma, el cansancio aparece antes. Todo eso tiene una explicación lógica. Y aun así, la mente insiste: quiere más certezas. Quiere garantías. Quiere asegurarse de que nada se sale de control.
Pero no las hay.
Aceptar eso no es rendirse. Es entender algo fundamental: no todo necesita una explicación inmediata para ser válido. No todo síntoma es una amenaza. No todo malestar es una señal de alarma. A veces es solo el cuerpo haciendo lo que puede, a su ritmo, después de un parón.
El problema no está en observar lo que pasa, sino en la urgencia por resolverlo todo mentalmente. En convertir cada sensación en una pregunta y cada pregunta en una preocupación.
Cuando vivimos así, el esfuerzo no se va en recuperarnos, sino en vigilar. En analizar. En anticipar. Y ese desgaste mental puede ser más agotador que el propio proceso físico.
Aceptar que lo que ocurra ocurrirá, y que lo que no ocurra no ocurrirá, no es pasividad. Es realismo. Es soltar la ilusión de control total. Es reconocer que hay una parte de la vida que no se puede adelantar, por mucho que lo intentemos.
La ansiedad, muchas veces, no nace del hecho en sí, sino de nuestra resistencia a no saber. De nuestra dificultad para convivir con la incertidumbre. De esa voz interna que cree que si no lo entiende todo ahora, algo se nos va a escapar.
Pero la vida no se escapa por no explicarla. Se escapa cuando dejamos de habitarla.
Quizá el aprendizaje no esté en pensar menos, sino en confiar más. En permitir que las cosas sigan su curso sin convertir cada paso en una amenaza. En aceptar que no todo tiene que estar encajado para poder seguir adelante.
Hoy empiezo a ver que mi mayor calma no llega cuando encuentro una explicación perfecta, sino cuando dejo de exigirla. Cuando me permito estar donde estoy, con lo que hay, sin adelantar finales ni inventar diagnósticos.
Porque vivir no es tenerlo todo bajo control.
Es aprender a soltarlo.
Y tal vez ahí, en ese gesto pequeño y difícil, empiece de verdad la paz.