Hay momentos en los que todo se nos viene encima. En los que algo se rompe en el cuerpo, en la vida, en el alma y no vemos por dónde seguir. No hay mapa. No hay fuerza. Solo ese nudo en el pecho y la sensación de que el mundo, tal como lo conocíamos, ya no existe.
A veces llega por sorpresa. Una noticia. Una despedida. Un cambio que no pedimos. Otras veces es más lento, como una niebla que se va espesando hasta que un día ya no vemos más allá de nuestros propios pasos. Lo cierto es que todos, en algún punto, sentimos que se nos cierran las puertas. Que no sabemos qué hacer con lo que nos toca.
Y cuando eso pasa, hasta lo más simple se vuelve cuesta arriba. Tomar una decisión, levantarse, hacer la compra, mirar el teléfono. Todo pesa. Todo abruma. Todo parece demasiado grande.
En esos momentos, lo común es querer una solución rápida. Algo que nos saque de ahí, que nos devuelva a cómo eran las cosas antes. Pero lo cierto es que no siempre hay un “antes” al que volver. A veces solo queda avanzar, sin saber muy bien hacia dónde.
Eso es lo más difícil: seguir cuando no hay certezas. Cuando no hay garantía de que las cosas mejorarán. Y, sin embargo, muchas veces seguimos. No por valentía ni por fuerza, sino por pura necesidad. Porque la vida, incluso en su forma más difícil, empuja.
Y entonces, sin que lo notemos al principio, algo empieza a cambiar.
No ocurre de golpe. No hay una fecha exacta en la que podamos decir “aquí comenzó todo a mejorar”. A veces es apenas una sensación. Una mañana en la que no pesa tanto levantarse. Un gesto amable que se cuela en medio del dolor. Un día en el que, sin esperarlo, sentimos algo parecido a la esperanza.
Lo que parecía imposible, empieza a ser un poco menos insoportable. No porque todo se haya resuelto, sino porque nosotros también cambiamos. Hay una parte nuestra que se adapta, que aprende a mirar distinto, que descubre recursos que no sabía que tenía.
Con el tiempo, descubrimos que podemos estar tristes y seguir. Que podemos tener miedo y, aun así, dar un paso más. Que hay silencios que sanan más que las palabras, y que no entender todo no nos impide vivir.
Y lo más asombroso es que, al mirar atrás, a veces no reconocemos a la persona que fuimos en aquel momento oscuro. No porque hayamos olvidado el dolor, sino porque hemos crecido alrededor de él. Porque aprendimos a sostenernos de otra manera. A confiar, aunque sea un poco, en que la vida se mueve incluso cuando sentimos que está detenida.
Hoy, cuando algo me sacude, ya no corro tanto a buscar respuestas. Me doy permiso para no saber. Para detenerme. Para respirar y recordar que, por más difícil que sea, esto también pasará. Y que quizá, cuando pase, me deje algo que todavía no alcanzo a ver.
Hay caminos que se revelan solo con el paso del tiempo. Salidas que no se muestran hasta que estamos listos para verlas. Y lo curioso es que muchas veces llegan de forma suave, silenciosa, inesperada.
No hace falta entenderlo todo. Ni tener fe ciega. A veces solo se trata de seguir estando. De vivir un día más. De confiar, aunque sea con dudas, en que algo bueno puede salir de lo que ahora duele.
Porque sí. Lo que hoy parece imposible, mañana puede ser el principio de algo nuevo.