Hay algo que me ronda la cabeza desde hace días.
A veces pienso en todo lo que he tenido. No en lo que me falta. No en lo que perdí. No en lo que cambió. En lo que he tenido.
He nacido en un país en paz. He crecido sin escuchar bombas por la noche. No he tenido que huir de mi casa con una mochila improvisada. No he pasado hambre real. No he tenido que elegir entre sobrevivir o estudiar. Y sin embargo, cuántas veces me he quejado.
Cuántas veces he dicho “qué difícil es todo” sin detenerme a pensar que, en muchas partes del mundo, lo difícil es simplemente seguir vivo.
Es incómodo reconocerlo, pero es verdad.
He tenido retos, claro que sí. He atravesado un ictus. He sentido miedo. He perdido capacidades. He tenido que reconstruirme desde cero en muchos aspectos. Pero incluso en medio de todo eso, había médicos, había familia, había techo, había tratamiento, había oportunidades de rehabilitación. Había manos sosteniéndome.
Eso también es un privilegio.
Y aun así, durante mucho tiempo, mi guerra estuvo dentro. No fuera.
Me peleé conmigo. Con mi cuerpo. Con mis límites. Con la comparación constante entre el “yo de antes” y el “yo de ahora”. Me comparé con otros que seguían corriendo cuando yo apenas aprendía a caminar otra vez. Me comparé con vidas aparentemente intactas, lineales, fáciles.
Y esa comparación era otra forma de ingratitud.
Porque mientras miraba lo que no era, estaba dejando de mirar lo que sí era.
He pensado mucho en eso: en cómo podemos vivir en paz y, sin embargo, fabricar conflictos internos. Cómo podemos tener oportunidades y, aun así, enfocarnos en lo que nos falta. Cómo podemos haber recibido tanto y seguir sintiendo que es insuficiente.
Quizá no lo hacemos por maldad. Quizá lo hacemos por inercia. Porque nuestra mente se acostumbra rápido a lo bueno y convierte lo extraordinario en normal. Tener salud se vuelve normal… hasta que se pierde. Tener movilidad se vuelve normal… hasta que falta. Tener tiempo con quienes queremos se vuelve normal… hasta que cambia.
Yo lo sé bien.
Hubo meses en los que lo único que quería era recuperar lo que había perdido. Y es humano. Pero con el tiempo he entendido que la vida no es solo recuperar. También es resignificar. Es aprender a mirar lo que permanece. Es descubrir que incluso dentro de una pérdida puede haber un aprendizaje, una fuerza nueva, una sensibilidad distinta.
He tenido retos, sí. Pero también he tenido puertas abiertas.
He tenido la posibilidad de volver a vivir en mi lugar. He tenido la posibilidad de volver a sentirme útil. He tenido la posibilidad de escribir, de compartir, de crear proyectos, de soñar con otros nuevos. He tenido la posibilidad de ser padre, incluso en circunstancias distintas a las que imaginé.
Eso no es poco.
A veces pienso que el verdadero agradecimiento no está en decir “gracias” en voz alta, sino en cómo vivo. En cómo trato a los demás. En si aporto algo de lo que soy. En si uso mis dones, mis habilidades, mi experiencia —incluso mis heridas— para sumar y no para restar.
Porque si he recibido oportunidades, lo mínimo que puedo hacer es honrarlas.
Ser buena persona no es un eslogan. Es una práctica diaria. Es elegir no descargar mi frustración en otros. Es no generar guerras donde no las hay. Es no competir por compararme, sino compartir desde lo que soy.
Y no lo digo desde la superioridad. Lo digo desde la conciencia de que yo también he fallado en esto muchas veces. De que también he creado tormentas internas cuando fuera había calma. De que también he pasado por alto privilegios que otros solo sueñan con tener.
Quizá madurar es empezar a ver eso.
No para sentir culpa. Sino para despertar responsabilidad.
Responsabilidad de vivir a la altura de lo que se me ha dado. De aprovechar las oportunidades. De no desperdiciar el tiempo en comparaciones que me empequeñecen. De transformar lo que me duele en algo que pueda ayudar a otro.
Porque sí, la vida no es perfecta. A veces golpea fuerte. A veces desmonta planes y cambia el rumbo sin pedir permiso.
Pero incluso así, sigo teniendo más de lo que muchas veces reconozco.
Y tal vez el mayor acto de agradecimiento no sea tener una vida fácil.
Sea vivirla con conciencia. Con humildad. Con compromiso.
Y, sobre todo, con la decisión firme de aportar algo bueno mientras esté aquí.
.