Soltar no fue rendirme

Después de lo que me ocurrió, entendí muchas cosas que antes solo intuía. Una de las más difíciles fue aceptar que hay momentos en la vida en los que toca soltar. No porque uno quiera, no porque esté listo, sino porque seguir aferrado a lo que fue solo alarga el sufrimiento.

Me costó soltar mi antigua rutina, mis habilidades, incluso la imagen que tenía de mí mismo. Durante mucho tiempo intenté sostener lo que ya no estaba. Me decía que quizá, si insistía un poco más, todo volvería a ser como antes. Que si me esforzaba lo suficiente, podría recuperar cada parte de mi vida tal y como era. Pero en el fondo, algo en mí sabía que ese ciclo ya había cerrado.

Aceptar que ya no encajaba en los mismos ritmos, que no podía seguir en piloto automático, que mi cuerpo y mi mente pedían otra cosa… fue duro. Duele despedirse de etapas que nos dieron tanto, pero lo que realmente pesa es vivir anclado a una versión de uno mismo que ya no existe.

Soltar no fue rendirme. Fue elegirme. Fue mirar de frente la realidad y decidir que, aunque doliera, tenía que avanzar con lo que tenía hoy. Con lo que soy hoy. Fue entender que no todo lo que fuimos tiene que seguir siendo, y que eso no le quita valor al pasado, solo le da espacio al futuro.

He tenido que reinventarme. Reescribir mi historia con palabras nuevas, con otros ritmos, desde otra perspectiva. He tenido que dejar atrás muchas cosas, pero también he descubierto otras que ni imaginaba. Y sigo descubriendo. Sigo aprendiendo a caminar desde otro lugar, más lento quizás, pero más consciente.

Soltar ha sido un acto de confianza. En la vida, en mis recursos, en las personas que me rodean, y en esa voz interna que, a pesar del miedo, me sigue diciendo que no me detenga. Que lo que queda por vivir también merece ser vivido con presencia, con amor, con gratitud.

Y no hablo solo de dejar ir lo físico o lo visible. Hablo de soltar expectativas, exigencias, juicios. De dejar de compararme con quien fui. De soltar la necesidad de demostrar, de correr, de llegar. Dejar ir esa idea de que solo valgo si soy productivo, si soy eficiente, si puedo con todo. Porque no, no siempre puedo con todo. Y está bien.

También he tenido que soltar silenciosamente muchas emociones. Frustraciones que no dije, rabias contenidas, miedos que no sabía nombrar. He tenido que hacer espacio dentro de mí para todo lo nuevo que viene. Y ese espacio solo se abre cuando uno se permite cerrar etapas sin reproches.

Hoy entiendo que no todo lo que termina es una pérdida. A veces, es una transformación. A veces, soltar no es un final, sino un punto de partida. Y aunque al principio no lo parezca, aunque al principio duela, con el tiempo uno se da cuenta de que soltar fue el primer paso para volver a sentirse en paz.

No siempre supe cómo hacerlo. A veces solté tarde. Otras, lo hice con culpa. Pero ahora sé que no hay una manera perfecta de cerrar ciclos. Lo importante es atreverse. Escuchar esa incomodidad que te susurra que ya no es por ahí. Atender a esa intuición que te dice que algo tiene que cambiar. Aunque no sepas bien cómo. Aunque te tiemblen las piernas.

Soltar es confiar en que el vacío no será eterno. Que tarde o temprano encontraremos una nueva dirección que nos haga sentir en casa. Es aceptar que no todo está bajo nuestro control, que no siempre sabremos qué hay al otro lado, pero que si no dejamos espacio, lo nuevo nunca tendrá por dónde entrar.

Soltar, para mí, ha sido un acto de amor propio. Y si bien no siempre es fácil, cada vez que lo he hecho con conciencia, he encontrado algo más auténtico del otro lado. No lo que esperaba, quizás. Pero sí lo que necesitaba.

Porque después de todo, la vida no se trata de resistir los cambios, sino de aprender a acompañarlos desde un lugar más honesto. Y en ese camino, soltar no fue rendirme.

Fue, por primera vez, sostenerme de verdad.

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