Una Semana con la Ilusión en la Mano

Llevo varios días con la ilusión en la mano.

No en los ojos, como cuando éramos pequeños. Tampoco en la almohada, esperando regalos al amanecer.

Esta vez la siento más serena, como quien sostiene algo frágil pero valioso. No pesa, pero se nota. Está ahí, recordándome algo que había olvidado.

Todo empezó hace una semana, con esa atmósfera especial que envuelve los días previos a los Reyes Magos. Hay algo en el ambiente, una mezcla de nostalgia y esperanza difícil de explicar. Miraba a mis hijas y a mi sobrina: cómo esperan, cómo creen, cómo sueñan sin miedo. Y en medio de todo eso, una pregunta empezó a tomar forma dentro de mí: ¿qué ha sido de nuestra ilusión?

Con los años, parece que vamos dejando atrás ese impulso tan puro de esperar algo con alegría. La vida, con sus ritmos y exigencias, va apagando ciertas luces. Nos volvemos más cautos, más realistas, más contenidos. Y casi sin darnos cuenta, olvidamos cómo se sentía soñar sin medirlo todo, sin protegernos del desencanto.

Pero esta semana algo en mí despertó. Como una voz suave que susurra: la ilusión sigue aquí. Tal vez ya no se manifiesta como antes, con mariposas en el estómago o risas desbordadas, pero sigue viva. Es más discreta, más íntima. Y quizá por eso, más poderosa.

Me he dado cuenta de que la ilusión ya no está ligada a lo que espero recibir, sino a lo que todavía quiero vivir. Ya no tiene que ver con sorpresas envueltas en papel brillante, sino con caminos por recorrer. A veces es una conversación. Otras, una idea que prende por dentro. Un proyecto que ilusiona, aunque no sepa bien adónde llevará.

También he pensado en lo frágil que puede ser. Hay momentos en los que parece que todo conspira para arrebatárnosla: la rutina, el cansancio, las decepciones. La ilusión se esconde, se debilita, se apaga un poco. Pero incluso entonces, algo resiste. Una chispa mínima que se niega a desaparecer. Y muchas veces, es esa chispa la que nos permite seguir.

Esta  semana me he dado cuenta de esto de una forma muy concreta. Después de un tiempo obligado de pausa, de reposo y de espera, retomé una cita que llevaba meses aplazando. No fui buscando milagros ni soluciones rápidas. Fui con la esperanza justa, casi contenida. Y salí con algo distinto: la ilusión de poder mejorar, de ganar seguridad, de aprender a convivir mejor con lo que hay. No se trataba de recuperar lo perdido, sino de descubrir nuevas formas de mirar, de apreciar y de valorar incluso aquello que no veo del todo. Y eso, sin darme cuenta, me devolvió ganas.

Esta semana me ha servido para reconciliarme con esa parte de mí que todavía sueña. Que sigue creyendo, a su manera. Que no necesita certezas para caminar, solo un poco de esperanza. Porque, al final, la ilusión no es solo esperar que algo llegue, sino confiar en que somos capaces de adaptarnos, de transformar, de reinventarnos.

No se trata de grandes sueños ni de metas ambiciosas. A veces basta con desear seguir creciendo, seguir aprendiendo, seguir abiertos a lo inesperado. Cuando hay ilusión, cualquier gesto cobra sentido: una taza de café compartida, una idea que prende, un pequeño avance que nos da más confianza. La ilusión convierte lo simple en extraordinario.

Cierro esta semana con una sensación profunda de gratitud. No ha ocurrido nada espectacular. Pero dentro de mí, algo se ha reactivado. Como si hubiera vuelto a conectar con esa parte que se permite mirar hacia adelante con curiosidad. No desde la exigencia, sino desde la confianza.

No sé qué viene, pero he decidido seguir caminando con ilusión, incluso cuando el camino no se ve del todo.

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