Durante mucho tiempo he pensado que avanzar era sinónimo de seguir.
Seguir incluso cuando algo dentro pedía una pausa.
Seguir aunque el cuerpo avisara de que iba justo.
Seguir porque había un compromiso, una costumbre, una expectativa, propia o ajena, que parecía más importante que escuchar lo que estaba pasando por dentro.
Durante años confundí constancia con fortaleza.
Creí que sostener el ritmo era una prueba silenciosa de valía.
Y que frenar, aunque fuera un poco, significaba fallar a algo o a alguien.
Con el tiempo, y con lo vivido, he ido entendiendo algo distinto:
no todo cuidado se parece al empuje.
No todo crecimiento necesita aceleración.
A veces, cuidar es aflojar.
A veces, cuidar es reducir el ritmo sin perder el sentido.
Y a veces, cuidar también es saber cerrar.
Vivimos en una cultura que admira la perseverancia, pero le cuesta reconocer la sabiduría de quien se detiene a tiempo. Como si frenar fuera rendirse, cuando en realidad puede ser una forma muy profunda de respeto hacia uno mismo. Escuchar los límites no nos hace más pequeños. Nos hace más honestos. Nos devuelve al cuerpo, al presente, a lo que sí es posible hoy.
He aprendido, no sin resistencia, que los límites no siempre vienen a quitarnos algo. A veces vienen a colocarnos. A recordarnos desde dónde seguir, de qué manera y con qué cuidado. Y cuando eso se acepta, lo que nace suele ser más verdadero, más alineado, más habitable.
Este espacio nació en un momento muy concreto de mi vida.
En un momento en el que necesitaba parar, entender, poner palabras.
En el que escribir no era solo compartir, sino también sostenerme.
Durante estos tres años, sentarme cada semana conmigo mismo, mirar lo que me pasaba, masticarlo despacio y ponerle palabras, ha sido una forma de acompañarme. Y también, sin haberlo planeado así, una forma de acompañar a otros.
Para mí ha sido una manera de seguir estando al lado, de seguir ofreciendo presencia, aunque fuera desde otro lugar.
No siempre ha sido fácil.
Ha habido semanas de cansancio.
Momentos de duda.
Instantes en los que pensé seriamente en parar del todo.
Porque mirarse con honestidad no es gratuito. Porque sostener un espacio así también exige energía, atención y verdad. Y porque hay días en los que simplemente no se llega.
Y, aun así, muchas veces seguí.
No por obligación.
Sino porque sabía que este gesto también me ordenaba por dentro.
Y porque, de vez en cuando, llegaba un mensaje, una respuesta, una frase sencilla que me recordaba que al otro lado había alguien a quien le estaba sirviendo.
Eso le ha dado sentido a todo este tiempo.
Hoy, al mirarlo con perspectiva, siento algo distinto.
Siento que este espacio ha cumplido su función en mi camino.
Que ha sido importante, precisamente por eso.
Y que yo ya no estoy exactamente en el mismo lugar desde el que empezó.
No porque lo vivido desaparezca.
Sino porque deja de ser el centro desde el que me defino.
Y desde ahí, desde ese lugar más integrado, siento que cuidar también es no aferrarme a lo que en su momento me sostuvo.
Por eso, esto no es una despedida desde el cansancio.
Ni una pausa indefinida.
Es un cierre consciente.
Una forma de seguir avanzando desde otro lugar.
Gracias por estar al otro lado durante todo este tiempo.
Por leer, por acompañar, por compartir, por sostener también este espacio conmigo.
Ha sido mucho más que una newsletter.
Seguimos caminando.
Pero ya no desde el mismo punto.